Entre Francia e Italia, Córcega ofrece una versión distinta del Mediterráneo. Menos pulida, más montañosa y profundamente contrastante, la isla combina relieves abruptos con una costa donde el mar permanece sorprendentemente intacto. Viajar por Córcega es alternar entre altura y agua en trayectos cortos pero intensos.
El interior está marcado por pueblos de piedra asentados en laderas y valles profundos. Calles estrechas, casas de tonos neutros y una vida cotidiana ligada al territorio definen estas comunidades, donde el tiempo parece avanzar con menor prisa. Desde aquí parten rutas escénicas y senderos que revelan una isla verde, silenciosa y dominante en su geografía.
En la costa, el paisaje cambia sin perder carácter. Playas de arena clara, calas escondidas y tramos de litoral rocoso muestran un Mediterráneo menos intervenido. Muchas de estas zonas se mantienen alejadas del turismo masivo, lo que permite una relación más directa con el entorno natural.
Córcega no es un destino de trayectos rápidos ni de itinerarios rígidos. Sus carreteras sinuosas, cambios de altitud y contrastes constantes hacen que el recorrido sea parte central del viaje. Es una isla para quienes buscan naturaleza, autenticidad y una lectura más áspera del Mediterráneo europeo.
